El baúl de los recuerdos

 

“Si el niño no estuviera tan dormido sentiría en su moflete de nardo la lágrima resbalada desde la vieja mejilla de cuero” Jose Luis Sampedro en “La sonrisa etrusca” acertó en su afirmación, las palabras pueden ser la esencia de los sentimientos, pero para cargarlas de emoción es necesario dotarlas de alma “que importa mi boca cerrada. ¡Cuando piensas con el alma, te oyen!”.

Está claro que no existe un manual para dotar a las palabras de emoción, pero a veces no es necesario ir muy lejos para observar este mágico proceso. Si tienes mi edad y sigues mirando la luna buscando al leñador que una noche se alejó del camino y empezó a formar parte de esas historias que hace tiempo escuchaste de tus abuelos entenderás el porqué de este proyecto “El baúl de los recuerdos” (vamos a llamarlo mejor “experiencia altamente emocional” porque así lo he vivido). La razón por la que puse en marcha el engranaje de esta “experiencia” sigue siendo porque en la inmensidad de la luna sigue flotando esa manchita que un día fue el leñador y quisiera que hoy fuera la voz que casi he olvidado. Pero existe una razón superior, una razón relacionada con el aquí y ahora que tanto necesitamos vivir. Te lo contaré como si fuera un cuento, un cuento en el que los protagonistas seréis tus abuelos y tú.

“Cuando las fronteras se alzan separando padres e hijos, abuelos y nietos, amigos y conocidos, el espacio- tiempo se hacen eternos. Los abrazos y los besos se pierden en el limbo de un muro de contención que alberga la esperanza de ser destruido en algún momento.  El COVID irrumpió en nuestras vidas de golpe y sin avisar. Nos vimos confinados, aislados como piezas de un puzle que esperan para dibujar una realidad diferente. Nuestros abuelos, piezas centrales en nuestras vidas se convirtieron en víctimas de este virus taimado que no reconocía el valor de aquellos a los que se llevaba o castigaba sin besos ni abrazos.»

Mientras, los colegios cerraron sus puertas y abrieron las pantallas del ordenador que cada día se encendían de vida, de una vida de números, letras, mapas e historia, una vida artificial que buscaba continuar, seguir el camino de la supuesta normalidad que habíamos perdido en la inmensidad de la nada.  Al acabar las clases, como cada día sonaba el teléfono en casa de unos abuelos cualquiera, pero las voces se quedaban cortas y los abrazos y besos que no se podían dar quedaban suspendidos en las ganas de volverse a ver. Y un día les propuse a mis alumnos, a los nietos de esos abuelos que construyeran un puente para traer a sus abuelos a clase, a nuestro mundo de pantallas.

Salvando las dificultades de las nuevas tecnologías con las que sus abuelos no habían nacido consiguieron grabar sus voces, historias como “la Pantanà”, el burro que no subía la cuesta o la mili que les obligaba a interrumpir su vida, cuentos y chascarrillos, recuerdos de otras épocas. Abuelos y padres de sus abuelos empezaron a participar en esta “experiencia”. La red se fue tejiendo y se incorporaron generaciones lejanas que sus voces rasgadas hacían presentes. Historias de miedo, risas y sobre todo vida y superación, porque los grandes luchadores son ellos que con los años han aprendido lo que significa adaptarse a situaciones difíciles y superarlas con fuerza y valentía.

El esfuerzo que hicieron abuelos y nietos llenó el tiempo-espacio de risas y cariño, el puente estaba construido. Llegó el día, se abrió el telón y empezamos a escuchar las historias de sus abuelos.  Nerviosismo, emoción, todos querían ser los primeros y los escuchaba decir “cuando escuchéis a mi abuelo”, “mi madre dice que mi abuela nunca le había contado esa historia”, risas, recuerdos que revivir y sobre todo, compartir con aquellos que más los quieren.  Esta experiencia se transformó en un tesoro, las voces de sus abuelos estarían siempre ahí, viajarían a futuras generaciones como un regalo, pero de momento habían conseguido su propósito, ser escuchados, valorados, queridos y abrazados más allá de las líneas de teléfono.

Y ya que podíamos permitirnos viajar sin movernos de casa decidimos escribir una carta a nuestros nietos del futuro, pero en el mismo tono que lo habían hecho nuestros abuelos. Esperanza, superación, realidad y vida formaron parte de sus cartas, unas cartas que junto a las voces de sus abuelos fortalecieron los cimientos de un puente de emociones entre generaciones.

Y como en todo cuento, el final no puede ser otro que “colorín colorado este cuento está contado”  y todo en el baúl de los recuerdos está guardado .

 

 

Juana María Hernández Meseguer

Profesora Lengua castellana LDS